Música para un cuento norteamericano

(Publicado en la sección Interferencias de la revista RITMO del mes de septiembre 2019)


Cuando en 1900 el escritor L. Frank Baum publicaba El maravilloso mago de Oz, seguía el camino inevitable de toda nación joven en busca de sus propios referentes. Los grandes cuentos occidentales reflejaban los personajes, los entornos, las historias de la vieja Europa, y ya era hora que el mundo norteamericano encontrara en su geografía y sus habitantes escenarios y protagonistas de aventuras maravillosas. El éxito fue total: menos críptico que Alicia en el país de las maravillas, podemos imaginar en él claros símbolos sobre conocimiento interior, tan característicos del mundo de los cuentos. Pero para gustos los colores, y está claro que cada uno de nosotros interpretará a su manera la figura del mago de Oz, el camino de baldosas amarillas o el maravilloso mundo de Ciudad Esmeralda, y ese es el acierto de todos los cuentos bien planteados. Desde el primer momento el propio escritor pensó que la historia se transformaba fácilmente en una obra de teatro musical, y como tal se estrenó ya en 1902, pero sin duda la versión definitiva, que introdujo el maravilloso universo de Oz en los sueños de medio mundo ha sido el escenario cinematográfico que la MGM impulsó en 1939. Película de culto donde las haya, todos sus aniversarios redondos son ampliamente recordados y celebrados por todos los medios, y no sólo por el ámbito norteamericano, si bien allí tiene, como es lógico, una especial significación. En este mes de agosto se cumplen los ochenta años de su estreno, y esto nos ha permitido volver a recordar de nuevo a Dorothy- Garland y a sus tres acompañantes en busca de unas anheladas cualidades que esperan obtener del mago de Oz. Los estudios sobre la película son amplios, y no digamos nada el anecdotario que circula libre y felizmente por el proceloso mundo de internet. Supongo que algunas cosas serán verdad, y otras probablemente fruto de la moderna mitología que rodea al cine.

Indudable es el acierto en el empleo del color con una significación importante narrativa: la realidad en blanco y negro se transforma en un mágico y colorido mundo, más allá del arco iris, en nuestros sueños. Pieza clave es desde luego su música; resulta difícil creer que en algún momento se planteará nadie en el estudio suprimir el eje central del film, que es precisamente la canción Over the rainbow, aunque podamos leer que se sugirió cuando la película no tuvo toda la buena acogida que se esperaba. Sería sencillamente un disparate, porque si algo tiene esta versión del cuento que ha ensombrecido a las demás es que se construyó con la parte musical completamente ensamblada en la narración, como ejemplo claro de un momento ya de evolución del musical americano. Así, con una trama coherente, encontramos números musicales plenamente integrados en el argumento al que respaldan: nadie duda de la importancia para el relato de momentos tan fundamentales como la expresión de sus deseos por parte de los tres compañeros de viaje de Dorothy, el imperativo de seguir el camino de las baldosas amarillas o, desde luego, la invocación de un mundo donde los sueños se hacen realidad, más allá del arco iris; momentos todos ellos respaldados por canciones y números musicales. La MGM se lanzó a realizar esta superproducción tras el éxito de Blancanieves y los siete enanitos, donde Walt Disney marcó un camino innovador al crear por primera vez un largometraje de dibujos animados, cierto, pero además concebido como un musical muy bien trabado. En el caso de Blancanieves, como cuento tradicional de raíz germánica, la concepción musical de Disney presentaba musicalmente una estética más cercana a la opereta, pero con El Mago de Oz, las canciones de Harold Arlen pertenecían ya plenamente al lenguaje americano, y rezumaban un cálido optimismo, arropadas brillantemente por la música incidental de Herbert Stothart. Ochenta años con El Mago de Oz y medio siglo sin Judy Garland: cualquier excusa es buena para recordar este gran clásico y volver a soñar otra vez más allá del arco iris.

Ana Vega-Toscano




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