• Ana Vega Toscano

Un canto a la Divina Sabiduría

Hagia Sophia, Divina Sabiduría: un hermoso nombre para uno de los espacios arquitectónicos sagrados más bellos y singulares del mundo. Maravilla de la arquitectura bizantina con la magnificencia de sus mosaicos y el triunfo de la cúpula como milagro aéreo, es, en cierta forma, el testamento de la ciencia desarrollada durante el helenismo. Dedicada a la segunda persona de la Trinidad, su nombre es una advocación de resonancias metafísicas, que resume las maravillas de la eterna Constantinopla: a su utilización de la luz para acentuar el misterio que representa el conocimiento supremo se une una acústica extraordinaria que hace de ella un instrumento único en su reverberación como caja de resonancia para las voces litúrgicas. Se convierte así este maravilloso espacio en un escenario ideal para elevar la consciencia desde todos los sentidos, ya que es la experiencia artística uno de los caminos más perfectos para alcanzar la iluminación, siempre esquiva a las estrategias de la razón.

“Es como si miraras al sol de mediodía, cuando dora las cimas de las montañas”, escribía Pablo Silenciario en su descripción de Santa Sofía en el año 563. Como resonante templo era parte fundamental de las grandes ceremonias de Bizancio en su calidad de instrumento perfecto para la liturgia bizantina, que elevaba sus voces en un repertorio allí interpretado durante cerca de mil años, y que encontró además en él un órgano activo en su evolución. A lo largo de la última década el CCRMA, centro de investigación por ordenador de música y acústica de la Universidad de Stanford, emprendió un atractivo proyecto de estudio de la acústica de Santa Sofía, que ha dado como resultado la creación de un espacio sonoro virtual que permite la recreación del canto bizantino de manera semejante a como sería interpretado en el gran templo, y así se ha grabado con la colaboración de la Capella Romana en una propuesta denominada Las voces perdidas de Hagia Sophia. Una aproximación que nos permite comprobar que este grandioso templo es, sin duda, el instrumento musical perfecto para la liturgia bizantina, y de paso hacernos una idea de lo extraordinaria que sería tener esa experiencia allí, realidad insustituible sin duda, pero lamentablemente imposible desde 1453.

Siempre me han fascinado las distintas músicas litúrgicas, voces que buscan la conexión con una consciencia interna superior, y entre ellas las liturgias de las iglesias cristianas orientales, en las que me parece poder escuchar todavía los últimos ecos de las civilizaciones desaparecidas de la antigüedad. Han sobrevivido en un entorno hostil, a pesar de grandes persecuciones, pero en la actualidad muchas de ellas están al borde de la extinción, y con ellas se perderá esa última línea mínima de unión con el helenismo o el Egipto faraónico.

En la música los espacios de escucha son elementos esenciales: Hagia Sophia es un canto a la divina sabiduría, espacio idóneo para esas voces hoy acalladas del canto bizantino. Unas voces perdidas que, inaudibles para nuestra realidad física, quizás resuenan todavía bajo su inmensa cúpula en un mundo tejido de sueños.


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